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Joan Flaquer: la "joyita" de Sant Climent...

  • 2 feb 2016
  • 2 Min. de lectura

A modo de presentación, Joan Flaquer asoma, por primera vez, en el capítulo dos, en enero de dos mil diez.


Secuencia, barra de bar. La primera impresión: ¡menuda joyita!

Y él mismo la rubrica con esa pose chulesca y verborrea propia de alguien que pasa de todo y a la vez se mete en cuanto lío hay.


Viendo una secuencia y otra, y otra más, los primeros trazos del personaje van sumando tonalidades y desgranando a un ser que es tremenda mosca cojonera, o garrapata, o tocapelotas, pero a la vez se vuelve adictivo. De una forma u otra, llama la atención. Viéndolo día a día, una concluye: ¡pedazo hijo de puta! Pero a la vez esperas ya la siguiente intervención, aunque sea para concluir con la misma sentencia.


Ya no es un crío, pero su cabeza no asienta ni con los años; va por libre en todo lo que se propone y, casi siempre, le sale mal. Si algo consigue, es con malas artes. O de chiripa.


Su compañía preferida: sus colegas de correrías, una cerveza, unas copas, un polvo blanco que esnifa y otro de los que no le faltan porque está de buen ver y va pasando de una cama a otra, mientras el cuerpo aguante y la labia no deje de ser efectiva.


La pasta en el bolsillo que no falte, venga de sus trapicheos, de su repaso por el patrimonio familiar o choriceando aquí y allí.

Insolente, faltón, caradura, perdonavidas. El trabajo para él no es primordial y menos recibir las órdenes de nadie.


Amarga la vida a sus padres. A su hermana. A todo el que ose interferir en sus objetivos, sean lícitos o no.


Los horarios y consejos para él son como quien escucha llover. Tiene pillado al punto débil a su madre, desafía constantemente a su padre y maneja a su hermana como una marioneta. Entra y sale cuando le viene en gana, aunque, cuando el ambiente es irrespirable, se ausenta o le invitan a que no aparezca por allí mientras no cambie.


Se percibe cierto desarraigo familiar por celos o menosprecios y comparativas que nunca se deben hacer entre hermanos. Esconde sus afectos, que los tiene, porque él mismo los echa en falta y recibe a cuentagotas.


¿Tomarse en serio la vida? ¿Para qué? Acaba en casa de un amigo o durmiendo en la playa, pero la idea de cambio es tan fugaz que, cuando ha acabado de pensarlo, ya se le han pasado las ganas de intentarlo.


Carpe diem es su máxima, aunque acabe la jornada estrellado. O haya estrellado a alguien con sus puños. O eso, o de fiesta.


Joan Flaquer: todo un personaje por descubrir, que denostaremos constantemente pero al que, también, acabaremos perdonando, comprendiendo (según qué cosas), justificando y ¿por qué no? ... queriendo.


 
 
 

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